Circula entre mis amistades una leyenda que resurge cíclicamente en nuestras tardes de caña y colegueo. Algo inofensivo, pintoresco y gracioso a partes iguales, que suele servir de aperitivo antes de enzarzarnos en discusiones pseudo-sesudas del tipo "cómo arreglar el mundo en 24 horas; seminario impartido por fulano de tal".
Dicen y cuentan que en un pequeño pueblo (de esos que hay a patadas y que, curiosamente, todos tenemos uno) de la meseta castellana (el nombre, obviamente, es lo de menos) existía una escuela que era dirigida por un linaje de camaleónico apellido (y en este caso, el nombre sigue siendo lo de menos). Los Albéniz, los Nieto, los Herrero; da igual (lo de camaleónico es por esto), porque cada cual cuenta la historia según lo que le conviene, según sus odios personales, sus filiaciones inofensivas, y demás parafernalea rural.
Cuentan, pues, que la dirección de la escuela era ostentada por esa rama familiar, generalmente por el patriarca (España sigue siendo apostólica y romana, amigos). Los demás miembros de la prole eran repartidos, debido al prestigio de papá, en diferentes puestos de importancia por el pueblito en cuestión (farmaceútico, panadero, concejal de festejos, etc) sin que los vecinos pudieran hacer nada. Por supuesto, la partida de educación pasaba a manos del director, que hacía con ese dinero lo que buenamente quería.
En cargo vitalicio (prestigio, tradición, en fin; memeces), el director era un puesto inamovible: el consejo escolar sufría sus pertinentes elecciones que servían para purgar los puestos más bajos, en los que Manolo, el labriego, podía llegar a entrar (nadie se da cuenta en realidad de los problemas que tiene el bueno de Manolo para llenar la cazuela; pero esto es secundario: ahora hablamos de política).
Lo gracioso de todo esto es que el tal Albéniz (apellido simpático que voy a utilizar cuando me refiera a ese director caciquero, o cacique directil) no ostenta poder efectivo. Es decir, se limita a firmar las directrices del consejo escolar. Vamos, que es una figura representativa. En su magnanimidad, decide no intervenir en nada. Aquí, la palabra cacique (que sigue siendolo, por cierto) se va transformando paulatinamente en vago y jeta, a partes iguales.
Total, que el tonto del pueblo, en un arranque de lucidez, se preguntó un día cual era realmente la función del campechano de Albéniz; y cual era la diferencia entre tenerle de director y no tenerle.
No se si me voy explicando...
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