Una vez que el temporal ha amainado y el sol vuelve a surgir entre las últimas y despistadas nubes que quedaban de la tormenta, es hora de hacer balance de daños. Un balance, supongo, casi imposible de acometer; pues dudo que haya habido alguien tan tarado como para investigar minuciosamente cada cable que Washington ha ido perdiendo por el camino.
Perder; bonito y curioso eufemismo para referirnos a la jugosa (y criminal, parece ser) acción de un soldado de tercera que, muerto de asco mientras combatía a esos señores con barba y turbante, decidió que es (¡donde va a parar!) muchísimo mas divertido filtrar secretos de estado que jugar el tiro al árabe. Al menos, el amigo Manning ha hecho algo mas loable que declarar una guerra ilegal.
Pero daños colaterales al margen (hoy no me meteré contigo, Assange), lo curioso de todo esto es lo que esos cables contenían. Información que podría pasar tranquilamente por las revistas mas bizarras de cualquier peluquería de (ja-ja, que gracioso soy) medio pelo. ¿En serio que ese chico que es tan malo (pero al que reímos sus gracias, no sea que nos corte el suministro), utiliza botox para mantener la piel firme? ¿De verdad que ese depravado se sigue encerrando en lujosas mansiones con sus (dudosamente) legales velinas? ¿Gobierna Rusia una pareja de superheroes (iconos, por otro lado, de la homosexualidad mas sesentera)?
Me es inevitable reírme por lo absurdo de la situación. Aún así, sé que peco de bienintencionado (o de imbécil integral) diciendo que no me esperaba que hubiera algún tipo de control social y político. Hace poco que perdí la inocencia, lo reconozco. Pero, ¿creía alguien en su sano jucio que esto no sucedía? El problema es, a mi parecer, la profundidad y el cariz (en ese escrupuloso orden) que van cogiendo las cosas según se viaja mas al fondo del barril. Guerras, conspiraciones, chantajes, y un sinfín de barbaridades que apenan e indignan de igual manera.
Y lo peor, lo mas patético de todo, es que esa panda de ineptos nos gobiernan. Hay días que nos piden a gritos que levantemos barricadas y hagamos nuestra propia revolución. Y si lo piden con tantas ganas, tal vez deberíamos darles el capricho.
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