Pocas cosas son más definitorias en un ser humano como la pertenencia a un grupo determinado. La familia, la comunidad, el equipo de fútbol, la peña de la lotería; el caso es que todos necesitamos sentir lazos de unión con algo o alguien. Es una reacción tan natural como comprensible. Ese grupo nos da calor, nos arropa, nos ayuda en ciertos momentos. Es, en fin, un lugar seguro, un refugio al que recurrir.
No obstante, ¿qué define a ese grupo? Miles son los criterios de selección ( y sobretodo, de discriminación) en esto de hacer grupos diferenciados, pero uno de los más potentes, desde luego, es la sangre. La sangre como materia de vida. Y por desgracia (y esto último se va imponiendo), como materia de muerte. Pues es bien sabido que los enemigos comunes hacen extraños compañeros de cama (y de carnicería).
En fin, la sangre que nos da la vida nos define, primero en un grupo reducido (la familia), y segundo en una globalidad nacional. La raza y esas cosas que están tan de moda en los discursos de lo mas granado del liberalismo europeo. Los nuestros, los demás. Fascismo disfrazado de patriotismo rancio y embustero, criterio de separación caduco e injusto.
Pero no quiero centrarme en esa sangre (habrá tiempo para enfundarme el mono y bajar a las minas de la xenofobia), sino en la que es derrama. Asunto mas sangrante, siguiendo con la temática de este hemoglobínico post, me parece el hecho de nos una mas la sangre derramada.
Porqué ¡ay, amigos! nada es mas trágico que la desaparición de uno de los nuestros, un igual, uno que, aún sin conocer absolutamente de nada, es llamado compatriota. Su sangre derramada es una llamada de atención, un caos en ese cosmos que es nuestra vida comunitaria.
Hace unos días, las todopoderosas tropas de cierto país magrebí entraron a sangre y fuego en una ciudad (ciudad, por decir algo) para acabar con lo que ellos parecen considerar un peligro a la seguridad nacional de su territorio (su territorio, también por decir algo). Lógico, ¿quién no conoce la peligrosa labor de los niños saharauis, gente de conocida actividad subersiva, terroristas internacionales, etc, etc? Poco importa qué suceda en ese rinconcito arenoso de violencia indiscriminada y censurada. No tienen petroleo. Ni gas. Sólo arena. Y bueno, hasta que no empiecen a construir playas en Minnesotta o Chicago, pues seguirá siendo un lugar onírico y pacifico, democrático e ideal en el que el Gran Hermano imperial no actuará porqué no hay necesidad de sozjugar al tirano de turno.
Sin embargo, nos clama la sangre. Posible fallecido español en el Sahara. ¡Detengan el mundo! Que se maten entre ellos esta bien, faltaría mas, ¿pero a uno de los nuestros? ¡Inadmisible!
¿Es posible que el criterio de que una muerte importe o no sea su nacionalidad? Es algo tan frio como aterrador pensar que la cercanía de ese individuo diferencia el grado en el que nos afecta la muerte de un, no olvidemos, ser humano. Despues nos escandalizamos de cierta frase del dictador soviético Iosiv V. Stalin cuando exclamó aquello de que "una única muerte es una tragedia; un millón de muertos, una estadística"; cuando nosotros aplicamos la de "un español muerto es una tragedia, diez muertos saharauis son eso, sólo saharauis". Y encima, dormimos tranquilamente por las noches.
La frase que mejor define todo lo que contabas es la de Stalin. Estamos tan acostumbrados a las cifras de muertos, que nos cuesta pensar que esos cuerpos son eso, un muerto, otro, otro, otro...
ResponderEliminarY creo yo que el factor de identificación con la victima también es demoledoramente trágico. Nos afecta mas si muere un individuo, siempre que ese alguien que fallece sea un compatriota; que si mueren, por ejemplo, veinte afganos en un atentado. ¿Que perversión moral es la que nos guía? Totalmente de acuerdo contigo, la frase de Stalin es la que define, por desgracia, el pensamiento actual.
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